
Monte Olimpo. 1.200 A. C.
Hay una ardorosa discusión en el hogar de los dioses, por lo que Hermes puede oír al llegar, se trata nuevamente de Ares, enfrentando a su padres y hermanas.
-¡Oh, Zeus, Rey de dioses! ¡No escuches a estas locas balbuceantes! Es cierto que el hombre debe ser guiado, pero si los dioses desean asegurar su poder en la tierra, escucha a tu hijo Ares… ¡Dios de la Guerra! Mi media hermana Artemisa ha propuesto crear una nueva raza de mortales en la tierra… ¡una raza que hará que los hombres nos adoren como nunca antes! ¡Señor, este plan es absurdo! Si el Olimpo desea realmente poseer los corazones de los hombres, el poder es nuestra única opción. Deja que Ares descien-da sobres esos débiles mortales, y con mis perros de guerra, ¡los doblegaré en sumisión eterna!
-No, Ares. – Artemisa refutó los argumentos de su medio hermano - La violencia hará que los hombres nos teman, no que nos sigan. Nuestro propósito con esta nueva raza es darles ejemplo… mostrarles el verdadero lugar del hombre y la mujer, ¡como Gea quiso que fuera!
-¡La fuerza es lo que entienden! ¡La fuerza es lo que adoran! ¡Y yo soy la fuerza en-carnada! – insistió Ares.
-Zeus… el odio de Ares nos destruirá a todos. Si el hombre muere – intervino Ate-nea - , ¿no pereceremos nosotros también?
-Es verdad lo que dice mi hermana, Padre Zeus. – confirmó Apolo – Los hombres adoran a los dioses… y eso nos hace más fuertes. Sin su fe, ¡no seríamos nada en el mundo del hombre!
Zeus, padre de los dioses, había estado atento a la discusión entre sus hijos, aun du-bitativo, formuló una respuesta:
-Así, Apolo… ¡estás de acuerdo con Artemisa! ¿También quieres que la nueva raza sea de hembras?
-¿Importa de veras su sexo, Zeus? – protestó Artemisa - ¡Serían mujeres como nun-ca viera el hombre! ¡Fuertes, valerosas, compasivas! Serían la gloria del Olimpo…
-¡No, Señor! – interrumpió Ares - ¡Serán la vergüenza del Olimpo!
-¿Qué temes, Ares? – respondió Atenea - ¿Que el Olimpo sea representado en la tie-rra por mujeres? ¿O que estas nuevas mortales sean capaces de resistirse a tu influencia?
-¡Ningún mortal se resiste a Ares, Atenea! ¡Mi victoria final sobre los hombres es inevitable!
-Incluso en la profecía, nada es inevitable, Ares. – afirmó Apolo – La humanidad es-tá bendecida… y condenada… a poder elegir. – harto de la disputa y restando importan-cia al asunto, Zeus volvió a tomar la palabra:
-¡Basta! ¡Habláis como si el hombre fuera a olvidar algún día a los dioses! ¡Y eso no sucederá! ¡Importa poco además, que esa nueva raza nazca o no! Tratad ese insignifi-cante asunto entre vosotros, ¡y no volváis a molestar a Zeus! – fastidiado, el más grande de los dioses abandonó la escena en medio de una descarga eléctrica. Las diosas, por el momento, se han quedado sin el apoyo de Zeus, pero aún tienen la chance de consultar a su esposa Hera, para torcer su voluntad.
-Hera… ¿hablarás con Zeus? Queremos tener su bendición en esta empresa… y él te escucha. – rogó Artemisa.
-Mi marido es orgulloso… tus palabras han provocado una tormenta en su interior. Mi consejo es: ¡Camina con cuidado en este torbellino! ¡Y no le pidas a tu reina, que tome parte contra su señor cuando está irritado! – respondió Hera antes de marcharse.
-¿Has visto? – se burló Ares - ¡Te da la espalda, como Zeus! Después de todo, Ar-temisa, ¡tu nueva raza no importará! El hombre moldea al mundo como un imperio… nacido de la muerte y la destrucción… ¡De la Guerra! ¡El corazón del hombre pertene-cerá finalmente a Ares! ¡Incluso Zeus se inclinará ante mi poder! – con una risotada cruel y estruendosa, Ares desapareció, dejando a los demás dioses disgustados y pre-ocupados.
Hermes por primera vez en el día se deja ver.
-¡Las palabras de Ares son blasfemas, Atenea! – exclamó Artemisa.
-Sí Artemisa, ¡las amenazas de Ares complican aún más las cosas! – respondió Ate-nea y luego se dirigió a Hermes, el mensajero de los dioses – Hermes, aunque Zeus nos de la espalda, ¡nosotros no podemos dársela a él!
-¿Actuaremos entonces sin la bendición de nuestro Señor? – Preguntó Hermes al-zando su Caduceo.
-Sí, Hermes. Ahora, como dijimos, transpórtanos al rincón más oscuro de la tierra, allí, en el Hades, en una orilla tan maldita que ningún inmortal se ha atrevido a pisar, ¡nos esperan! – el mensajero de los dioses, envolvió a sus hermanos en la luz de su bá-culo y se los llevó.
-¡Artemisa, Atenea! ¿Tenéis noticias? – preguntó Deméter con ansiedad.
-Sí, Deméter… Pero no son las que esperábamos. Tu hermano Zeus no se opone, pe-ro tampoco nos defiende. – respondió Artemisa.
-Y, ¿mi sobrino Ares?
-¿Y lo preguntas, Deméter? – ironizó la bella Afrodita - Mi antiguo marido está en contra, ¡Afrodita le conoce bien!
-Me alegra que hayas venido, Hestia. – dijo Atenea a modo de saludo a la diosa del Hogar – Sé que normalmente evitas estas discusiones entre dioses.
-Me inclino antes tu sabiduría, Atenea. – respondió Hestia.
-¡Compañeras! – exclamó Deméter - ¿Notáis frío en el aire?
-¡Caronte, el barquero, llega! Sólo el que transporta las almas hacia su descanso eterno o su condena eterna… ¡puede guiarnos a nuestro destino! – lo presentó Atenea - ¡Aunque pida un precio por sus servicios!... Dale un mechón de tus cabellos, Afrodita. Incluso en las profundidades del Hades, el hechizo de tu belleza actúa con su magia.
-¿Adónde nos lleva el barquero, Atenea? – preguntó la diosa del amor.
-A una parte tan sagrada del Hades, que ni Caronte, más viejo que el mismo Estigia, ha hecho nunca este viaje… ¡pero su instinto le guiará! – los dioses subieron a la barca y Caronte los condujo hacia una extraña serie de cuevas bien iluminadas, en cuyo centro se podía apreciar un remolino de luces como pequeños cometas.
-C-conozco este lugar… - suspiró Afrodita – No he estado nunca aquí… pero lo co-nozco…
-Sí, Afrodita – respondió Atenea – es el Pozo del Renacimiento, ¡la caverna de las almas! ¡Es la fuente de la que surgió la vida! Es la matriz de Gea… ¡la madre de todos! Esas luces son las almas de las mujeres cuyas vidas fueron cortadas por la ignorancia del hombre. Gea las cuida hasta que abandonen este plano. ¡Ahora esperan su renaci-miento!
-¡Su nuevo destino empieza aquí! – continuó Artemisa – Han vagado en el limbo durante siglos… y pronto lo abandonarán. ¡Pronto cantarán la canción de la vida! – Ar-temisa abre su boca y los cielos sobre la hermosa Grecia se abren, vertiendo miles de almas de la matriz de Gea.
-Ya está… - suspiró Atenea - ¡Hemos dado vida a la nueva progenie de Gea! Ore-mos para que no nos fallen… ¡Porque el destino de hombres y dioses está en sus manos!
-Atenea espera, ¡mira! – señaló Afrodita – Aún queda un alma en el oscuro limbo. ¡Pero no es como las otras!
-Sí, Afrodita. Tiene un destino especial. – respondió Atenea – Pero aún no ha llega-do el momento. Seguidme. Tenemos mucho que hacer.
La Tierra. Un lago tranquilo burbujea con el suave aliento de la creación. Su super-ficie estalla… y la que llaman Hipólita es la primera en surgir y acariciar el cielo solea-do de Apolo. A su lado, su hermana AntÍope renace. Y a su alrededor, miles de almas reencarnadas emergen… ¡bebiendo alegres el aliento de una nueva vida!
Las aguas se agitan de nuevo, y aún más hijas renacen. Entre ellas está Menalippe, cuya unión con la naturaleza la convertirá en oráculo de la nueva raza de los dioses. Y Aella, cuyo valor es como el del halcón, aunque su corazón sea vacilante.
Pero entonces, mientras las aguas del lago de calman…
-¡HIJAS MÍAS! ¡ESCUCHADME!
Una visión las hace callar de repente: cinco diosas del Olimpo aparecen en el fir-mamento sobre una nube dorada. Artemisa es la que tiene la palabra.
-SOIS UNA RAZA ESCOGIDA, NACIDA PARA GUIAR A LA HUMANIDAD. POR VOSOTRAS, LOS HOMBRES NOS CONOCERÁN MEJOR, Y NOS ADORA-RÁN ETERNAMENTE. ¡ATENEA OS OTORGA SABIDURÍA, PARA QUE OS GUIÉIS POR LA LUZ DE LA VERDAD Y LA JUSTICIA!... ¡YO, ARTEMISA, OS OTORGO EL ARTE DE LA CAZA! ¡Y DEMÉTER FERTILIZARÁ VUESTROS CAMPOS! HESTIA OS CONSTRUIRÁ UNA CIUDAD Y CALENTARÁ VUES-TROS HOGARES. ¡Y LA DULCE AFRODITA, OS OTORGA EL GRAN DON DEL AMOR! ENCONTRARÉIS VUESTRA FUERZA EN ESTOS DONES. SON VUES-TRO DERECHO MÁS SAGRADO… ¡SON VUESTRO PODER!... TÚ, HIPPÓLITA, SERÁS LA REINA DE TODAS MIS HIJAS. ANTIOPE, GOBERNARÁS AL LADO DE TU HERMANA. ¡VIGILA QUE NUNCA SE ABUSE DE ESTOS DONES! LE-VARÉIS EL SÍMBOLO DE NUESTRA CONFIANZA: EL CINTURÓN DE GEA. ¡QUE NUNCA OS LO ARREBATEN! – dos bellos cinturones de oro puro cayeron a los pies ambas reinas - ¡AHORA ID, HIJAS MÍAS! ¡EN ADELANTE FORMARÉIS UNA SAGRADA HERMANDAD! ¡DESDE AHORA SOIS AMAZONAS! ¡Y NADIE PODRÁ RESISTIR VUESTRO PODER! – concluyó Artemisa, sin saber que en un rincón apartado del olimpo, Ares contemplaba la escena, disgustado y sediento de ven-ganza.
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