Al alba, en el coliseo, miles de amazonas se congregaron, tanto para competir, como para alentar a sus hermanas.
-¡Nuestro heraldos dieron la noticia, mi Reina! – exclamó Philippus – Nuestras doscientas mejores guerreras se han reunido, para aceptar el reto de los dioses! Pero, ¿por qué les has ordenado venir enmascaradas?
-Durante tres mil años, estas amazonas han vivido como hermanas. Ahora competirán encarnizadamente. Así, ninguna amazona vacilará ante una amiga… o confundirá a su contrincante.
Las amazonas saludan. Los juegos empiezan. Durante todo el día, participan en concursos de habilidad y estrategia. Todas comprenden la seriedad de este torneo. ¡Y todas combaten demostrando sus tres mil años de experiencia! Pero una destaca más que las otras. Tiene mayor agudeza visual, mayor velocidad en sus pies, y su fuerza es incomparable.
Al final, esta amazona supera a todas, y sus hermanas la aclaman. Solemnemente
-Hermana, eres la campeona. Ahora, si les place a los dioses, pasarás la última prueba: la del Relámpago. Te premio con estos brazaletes de plata, por ellos te reconocerán como la más noble de todas nosotras. – una de las amazonas dispuestas como escoltas en el campo de juego, le entregó las joyas, sobre un almohadón de terciopelo rojo – Ahora déjanos ver tu rostro, para que todas nos alegremos. – lentamente, la guerrera, se quitó el yelmo y la máscara. Las exclamaciones de asombro e incredulidad fueron obvias: ante los ojos de miles de amazonas, apareció el juvenil rostro de
-Lo siento, madre, pero Artemisa me habló al pie de su estatua. ¡Sé que hago lo correcto!
-¡¡¿Diana?!! ¡NO! ¡Lo prohíbo! – gritó la reina a punto de saltar del palco, teniendo que ser contenida por sus hermanas.
-¡No, mi reina! ¡NO debes! La princesa ganó justamente. ¡NO puedes luchar contra la voluntad de los dioses! – exclamó Menalippe, mientras Philippus, sostenía a la soberana con ambos brazos.
Esa noche, en el Templo de Hades.
-Este lugar… me asusta… - murmuró Diana - ¿Por qué hemos venido aquí?
-Princesa, – respondió Menalippe - si eres la campeona que desean los dioses, es aquí donde tienes que enfrentarte al Relámpago. De todas las amazonas que lo han visto, sólo nosotras sobrevivimos. Porque el relámpago es un terrible secreto de nuestro pasado. Su gran poder puede destruir con un solo estallido. Sabiéndolo, ¿deseas enfrentarte a él?
- No tengo miedo, Menalippe.
-¡Adelante, Philippus! ¿Estás lista?
-Sí, Oráculo. Aunque no hemos visto esta abominación desde la tragedia, creo que recuerdo cómo hacerlo. – respondió la capitana de
-¡¡¡¡Diana, no!!!!
-Madre… te quiero… ¡Que los dioses te protejan siempre!... ¡Philippus! ¡Estoy lista! – los tres disparos resonaron implacables… la heredera al trono del Paraíso, detuvo las balas con sus brazaletes - ¡¡Gran Gea!! ¡Por los dioses, ¿qué es esa cosa?!¡¿De dónde proviene?!
-¡No es momento para cuentos de terror, hija mía! ¡Estás viva, eso es lo que importa!
-Pero madre, yo…
-Calla, sé que los dioses están contigo… ¡como yo!
-El plan de las diosas está claro, Diana. – interrumpió Menalippe – naciste en este mundo para ser la más honrada entre nosotras. ¡Desde ahora, tu vestido de guerrera proclamará ese honor! Mira el símbolo con el que tejeremos tus ropas… - señaló la sacerdotisa hacia una cámara mortuoria cerrada por una puerta de mármol en la que se veía un círculo plateado con cuatro estrellas del mismo color marcando los puntos cardinales y una gran estrella azul central, todo eso rematado en su parte inferior por una «W» en rojo y dorado – el símbolo de la guerrera por la que llevas tu nombre, la que murió para que las amazonas vivieran. – dicho esto, las damas de honor se dispusieron a vestirla.
Pocos minutos después la potente voz de la reina se oyó en todo el coliseo.
-¡Amazonas! Escuchad a vuestra reina: el sol de Apolo ilumina este glorioso día. Os he reunido aquí, para que seáis testigos de otro nacimiento, la campeona ha sido elegida, ¡los dioses están satisfechos!
Hay un momento de silencio, entonces Diana alza sus brazaletes y sonríe. Una gran aclamación se eleva a los cielos de la garganta de las amazonas. Y en una montaña llamada Olimpo, cinco diosas se regocijan. Sólo Hippólita no sonríe. Porque piensa en Ares, y en las palabras que ella dijo unos días antes… «¿Cómo podrá la mejor triunfar donde los dioses no pueden?» La reina se cubre con su manto, tiembla bajo el sol de Apolo.
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