Pasan los siglos en la isla Paraíso, la nación de las amazonas recupera su sentido y disciplina, porque aunque conocen la inmortalidad, aunque nunca envejecen ni tienen hambre, aún hay algunas que mueren en batalla. Porque el diabólico secreto de la isla, no es fácil de contener, y la carga de las amazonas es realmente pesada.
Afuera, el mundo del hombre cambia. Grandes civilizaciones nacen y mueren. Pero las amazonas no saben nada. Oyen solo las voces de los viejos dioses, cada vez más distantes, como si el Olimpo estuviera siendo engullido por las nubes. Hasta que de to-das las que hablaban con los dioses, sólo Menalippe puede lograrlo. Y una noche deci-siva, duran te el 30 centenario de la Isla Paraíso, el oráculo de las amazonas hace lo que la reina le pide.
-¡¡Menalippe!! ¿Qué dicen los signos de esa sensación dentro de mí? ¿Qué es esa extraña ternura que siento, que me ha turbado estos últimos meses?
-¡Tranquila, Hippólita! – la apaciguó la sacerdotisa – Sientes la llamada del destino. Sabes que las amazonas somos reencarnaciones. Todas conocimos la vida, antes de que nos arrancaran de la matriz de Gea. Pero solo tú, Mi reina, estabas embarazada al morir. Ahora oyes la llamada de tu hija no nacida.
-Esa ternura entonces… ¿es por mi hija?
-¡Sí! Y si quieres tenerla, ruégale a Artemisa. Ve a la playa al amanecer y arrodíllate, forma una imagen con barro; tu corazón se acelerará, pero tranquilízate, y dale forma con cuidado. Abre entonces tu alma a Artemisa, ¡que la diosa del Olimpo entre en ti! ¡Y deja que guíe tu espíritu al vientre de Gea!
En el Vientre de Gea, los dioses se disponen a trabajar.
-¡DIOSES DEL OLIMPO! ¡ES LA HORA! – exclamó Artemisa – HA DE PARTIR LA ÚLTIMA ALMA.
-YO, DEMÉTER, LE CONCEDO PODER Y VIGOR, COMO EL DE LA TIERRA MISMA.
-YO, AFRODITA, LE DOY HERMOSURA Y UN CORAZÓN TIERNO.
-YO, ATENEA, LE CONCEDO SABIDURÍA.
-YO, ARTEMISA, LE DARÉ VISTA DE CAZADOR Y COMUNICACIÓN CON LAS BESTIAS.
-YO, HESTIA, LE CONCEDO QUE PUEDA ABRIR LOS CORAZONES DE LOS HOMBRES.
-YO, HERMES, LE DOY VELOCIDAD Y EL PODER DE VOLAR… Y TAM-BIÉN SERÁ BENDECIDA CON EL GRAN DON DE GEA… ¡LA VIDA!... ¡HIPPÓ-LITA LA HONRARÁ CON EL NOMBRE DE UNA GUERRERA GRANDE Y SAN-TA! SE LLAMARÁ, ¡DIANA!
¡Diana! Su nombre suena en los labios de todas las amazonas. Es la única niña que han tocado en 30 siglos, y su inocencia provoca el amor de Afrodita en ellas. La prince-sita recibe el cuidado de miles de madres y las enseñanzas de las mejores profesoras: le leen su historia, ¡podrá ser una de ellas en cuerpo y alma!
Y cuanto más crece, más sobresale. El corazón de Hippólita resplandece: Diana se hace más hermosa día a día. Y le da gracias a los dioses en sus oraciones por el más preciado regalo: esta niña… esta mujer… ¡esta Princesa del Paraíso!
Pero en el paraíso, puede aparecer un día una serpiente…
-¡Ayyyyy! – el grito desesperado de Menalippe, alerta a la guardia Real.
-¡Por los Dioses, Philippus! ¡Ese grito! – exclamó una de las soldados.
-¡Venía de la cámara del Oráculo! – respondió la Capitana, mientras corría por los pasillos, hasta encontrar a la sacerdotisa, desmayada junto a la bola de cristal - ¡Mena-lippe! ¿Qué pasa?
-¡Los dioses!... – consigue murmurar la oráculo - ¡Gritan desde el Olimpo! ¡Hay pe-ligro!... La reina, Philippus… ¡Llama a la reina!
Las pisadas resuenan en el palacio. Entonces Menalippe cuenta que los dioses gritan aterrorizados… Ares ha enloquecido y su fuerza multiplicada por mil, es atraída por algún terrible poder hacia el mundo del hombre.
-Ese «poder» Menalippe… ¿Cuál es su naturaleza? – preguntó la reina.
-No lo sé, mi reina. Pero con él, Ares puede consumir la tierra entera, y ni el paraíso se salvará.
-¿Y los dioses? ¿No pueden detener a Ares?
-No. No sé por qué… pero me han ordenado elegir una campeona… la mejor de no-sotras. Será seleccionada mediante un torneo y la Prueba del Relámpago. Sólo ella po-drá salvarnos y luchar con Ares en el mundo del hombre.
-Si los dioses lo quieren, se hará. Proclamadlo en todo el paraíso, ¡habrá un torneo mañana, y allí nacerá una campeona! – ordenó la reina, sin saber que desde su cercana alcoba, la joven princesa Diana, había oído absolutamente todo – (“Sí, una campeona… pero, ¿cómo podrá la mejor triunfar donde los dioses no pueden?”) – pensaba Hippólita, cuando Diana la sacó de sus cavilaciones.
-Madre… yo… Perdóname, te he oído, con tu permiso, deseo ser incluida en el tor-neo. – la reacción de la Reina, fue lógica.
-¡No, Diana! ¡Sólo eres una niña!
-¡Soy una amazona, madre! ¡Llevo los brazaletes, como las demás!
-No quiero perderte, hija… la respuesta es, ¡no!
-Pero…
-¡Silencio! ¡Soy tu reina, tanto como tu madre! ¡Ya he hablado!
Diana, en medio de la noche, se retiró del salón del trono y se dirigió a la estatua de Artemisa.
-(“¡Es injusto!”) – pensó – (“¿He nacido sólo para ser mimada como un eterno bebé? ¿No soy una amazona? ¿No soy una mujer?”) – de repente, se vio hablando sola en voz alta - ¡Oh, dioses del Olimpo! Aunque amo Isla Paraíso, le pido algo más a la vida… ¡le pido un propósito! – como era de esperar, la oración de la princesa obtuvo inmediata respuesta.
-¡SÍ, DIANA! Y LO TENDRÁS. HA LLEGADO EL MOMENTO….
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