

En el interior de uno de las calabozos de Tebas, Heracles se burlaba cruelmente de Hippólita.
-¡Veo que empiezas a recuperar la conciencia, mi reina! – la abofeteó - ¡Bien!... ¡Qué estúpida has sido! ¿Creíste de veras que sería tu aliado? ¡Ninguna mujer escapa del abrazo de Heracles, ¡aunque haya de ser drogada y encadenada!! ¡Ahora te hice una mujer de verdad! – exclamó arrebatándole el cinturón de Gea - ¡Tomo tu cinturón como premio, y símbolo de mi conquista! ¡Cómo me gustaría hacerte más daño, verte rogar y suplicar! ¡Pero la ira de Euristeo me guía! Marcho a Troya esta noche. ¡Adiós, reina amazona! Ha sido muy… ¡divertido! – Heracles cerró la puerta tras de sí, abandonando a Hipólita, golpeada, encadenada y humillada.
-¡Oh, Diosas del Olimpo! – rogó de rodillas - ¡Os lo suplico, ¡perdonadme!! ¡Os he fallado! – las lágrimas y las plegarias, en el acto son tenidas en cuenta: una sobrenatural luz de color dorado invade la celda y Atenea, acude al llamado de su hija.
-NO, HIJA…TE HAS TRAICIONADO A TI MISMA… MÍRATE, HIPPÓLITA… CONTEMPLA TU RAZA: LAS AMAZONAS SOÑABAN CON GUIAR A LA HUMANIDAD. PERO ELEGISTEIS APARTAROS DE ELLA, IGNORAR LA FI-NALIDAD PARA LA QUE FUISTEIS CREADAS Y OS AMARGÁSTEIS Y CO-RROMPÍSTEIS. ¿HABÉIS OLVIDADO LA FUENTE DE VUESTRO PODER? ¿HABÉIS OLVIDADO EL EJEMPLO QUE TENÍAIS QUE DAR?
-¡Por favor Atenea, libérame! – insistió Hipólita - ¡Deseo vengarme de ese Heracles!
-LA VENGANZA NO ES LA RESPUESTA, HIJA. ES HORA DE QUE PURIFI-QUÉIS LAS ALMAS, DE QUE VOLVÁIS A DEDICAROS A LA MISIÓN DE GEA. ¡SÓLO ENTONCES, SERÉIS LIBRES!... MIRA MI CARA, HIPPÓLITA. VE EN ELLA LA VERDAD DE LO QUE TE DIGO… Y CUANDO TE DEJE, ¡BÁÑATE EN LA LUZ DE LA SABIDURÍA. – con un nuevo y enceguecedor resplandor, Atenea abandonó el lugar. En ese mismo instante el soldado que vigilaba los calabozos, se asus-tó al ver la luz en la celda de la reina amazona. Inmediatamente ingresó a ver lo que sucedía.

-¡Tu! ¡Amazona! ¡Qué truco blasfemo estás!... – se interrumpió bruscamente ante la visión de la silueta perfecta de la reina, apenas cubierta por las gruesas cadenas que la ataban a la pared - ¡Por los dioses! – suspiró.
-Saludos, hermano… - dijo ella, en su tono más encantador – Esto es lo que deseas, ¿no? – los ojos del soldado centellearon – Pues lo tendrás. Pero no como imaginas – con un mínimo esfuerzo, Hippólita arrancó el pesado grillete y lo arrojó sobre la cabeza del guardia - ¡Tu raza nunca esclavizará a la mía! – la reina sin pérdida de tiempo, salió de su cautiverio y fue en busca de sus hermanas. De repente, Hippólita está en todas partes, sorprendiendo a sus captores, liberando a sus hermanas, ¡llamándolas a las armas! Pero con esa llamada, susurra cautela – Amazonas, recordad la fuente de vuestro poder, ¡re-cordad a Gea! – pero no escuchan a su reina… porque sus almas hierven de rabia, sus armas, como fauces de perros enloquecidos, se clavan en sus enemigos, y el suelo se cubre de sangre. La batalla está fuera de control.
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